A veces cuesta decir que no. No por falta de claridad, sino por miedo a decepcionar, a parecer egoísta, a generar conflicto, a dejar de ser querido… Así, vamos cediendo espacio, tiempo, energía o incluso identidad en nombre del “buen vínculo”, hasta que un día nos damos cuenta de que estamos agotados. Vacíos de tanto dar sin medida.

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