Durante años, el discurso sobre el autocuidado ha sido claro, repetido y aparentemente suficiente: descansar más, alimentarse mejor, hacer ejercicio, desconectarse. Sin embargo, algo no calza. A pesar de conocer estas recomendaciones, el estrés sigue aumentando.
La pregunta entonces no es menor: ¿y si el problema no fuera la falta de estrategias, sino la forma en que estamos entendiendo el autocuidado?
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