En un artículo anterior abordé una idea que, aunque conocida, suele ser subestimada en su profundidad: no vemos la realidad tal como es, sino que la interpretamos desde la forma particular en que observamos el mundo.
Lejos de ser una reflexión teórica, esta distinción tiene implicancias concretas en múltiples ámbitos de la vida profesional y personal. La forma en que observamos no solo influye en lo que pensamos, sino también en lo que sentimos, en cómo actuamos y, en última instancia, en los resultados que obtenemos.
Comprender esto no es un ejercicio intelectual. Es una puerta de entrada a transformar la manera en que aprendemos, nos relacionamos y enfrentamos el cambio.
La ilusión de objetividad: creemos que vemos “cómo son las cosas”
En la vida cotidiana, solemos asumir que nuestra forma de interpretar una situación es la correcta. Decimos, por ejemplo:
- “Esto es así”
- “Aquella persona es conflictiva”
- “Ese equipo no funciona”
- “El estudiante no quiere aprender”
Estas afirmaciones tienen algo en común: se presentan como descripciones de la realidad, cuando en realidad son interpretaciones construidas desde nuestra historia, nuestras creencias, nuestras experiencias y nuestro estado emocional.
Desde la perspectiva desarrollada por Humberto Maturana y Francisco Varela, no accedemos a una realidad objetiva independiente del observador. Lo que llamamos “realidad” es siempre el resultado de una interacción entre el entorno y la forma en que lo interpretamos.
El observador que somos: una construcción dinámica
Hablar del “observador” no refiere a una entidad abstracta, sino a la forma particular en que cada persona configura su manera de ver el mundo.
Desde el enfoque de Rafael Echeverría, el observador se constituye en la interacción de tres dominios fundamentales:
- El lenguaje (cómo interpretamos y damos sentido)
- Las emociones (desde dónde vivimos la experiencia)
- Y la corporalidad (cómo habitamos esas interpretaciones)
Esta tríada no opera de manera aislada. Se configura en el tiempo, a partir de la experiencia, y tiende a estabilizarse en patrones relativamente consistentes.
Por ello, frente a una misma situación, distintas personas pueden observar cosas distintas… y actuar en consecuencia.
Cuando el observador condiciona el aprendizaje
Volvamos a una escena habitual: un estudiante que participa poco, entrega trabajos básicos y parece desmotivado. Desde un cierto observador, la interpretación puede ser:
- “No tiene interés”, “no está comprometido”…
Sin embargo, desde otra mirada, la misma situación podría leerse como:
- Sobrecarga
- Falta de sentido
- Inseguridad
- O incluso desconexión emocional con el proceso de aprendizaje
Aquí no cambia la situación. Cambia el observador. Y ese cambio no es menor. Determina:
- Las acciones que tomamos
- Las conversaciones que abrimos (o evitamos)
- Y las posibilidades que generamos
En este punto, se vuelve evidente que aprendizaje y observador están profundamente entrelazados. No solo aprende quien está dispuesto, sino quien puede observar de una manera que habilite el aprendizaje.
Lo que observamos no solo describe al estudiante… también define cómo intervenimos en su proceso.
El observador en contextos de cambio: la raíz de muchas resistencias
Algo similar ocurre en procesos de cambio organizacional. Frente a una nueva iniciativa, algunas personas se muestran abiertas, mientras otras parecen resistirse. Haciendo un análisis rápido, podríamos atribuir esta resistencia a falta de compromiso o rigidez. Sin embargo, si incorporamos la distinción del observador, aparece una comprensión más amplia.
- Para algunas personas, el cambio puede ser observado como una oportunidad de desarrollo. Para otras, en cambio, puede vivirse como una amenaza, una pérdida de control o una exigencia adicional en un contexto ya demandante.
Nuevamente, no cambia el hecho en sí. Cambia la interpretación. Y es esa interpretación (no el cambio en sí mismo) la que muchas veces gatilla la resistencia.
Relaciones y conflictos: cuando dos observadores chocan
En el ámbito relacional, esta distinción adquiere especial relevancia. Muchos conflictos no surgen únicamente por lo que ocurre, sino por la forma en que cada parte interpreta lo ocurrido.
- Un comentario puede ser entendido como: una crítica, una falta de respeto, o una simple observación. Dependiendo del observador, la reacción será completamente distinta.
Gran parte de los conflictos no se explican por diferencias objetivas, sino por la dificultad de reconocer que estamos operando desde interpretaciones distintas.
¿Es posible cambiar la forma en que observamos?
Dicho lo anterior, surge una pregunta clave: ¿podemos transformar nuestro observador? La respuesta es sí, pero con una precisión importante: no basta con incorporar nueva información. Cambiar la forma de observar implica:
- Cuestionar interpretaciones que damos por obvias
- Exponerse a nuevas experiencias
- Y desarrollar la capacidad de observarse a uno mismo en acción
Desde la neurociencia contemporánea, investigaciones como las de Lisa Feldman Barrett muestran que nuestras interpretaciones están profundamente ligadas a procesos predictivos del cerebro, lo que refuerza la idea de que no reaccionamos simplemente a lo que ocurre, sino a lo que anticipamos que ocurrirá.
Esto abre una posibilidad relevante: si nuestras interpretaciones se construyen, también pueden ampliarse.
Ampliar las posibilidades
Comprender que no vemos la realidad tal como es, sino como la interpretamos, no busca relativizarlo todo ni negar la existencia de hechos. Más bien, invita a asumir una responsabilidad distinta: reconocer que la forma en que observamos no solo describe el mundo… también lo configura.
En contextos de aprendizaje, cambio y relaciones humanas, esta distinción se vuelve especialmente relevante. Porque, en muchos casos, lo que limita nuestras acciones no es lo que ocurre, sino la forma en que lo estamos observando.
Y en la medida en que ampliamos nuestro observador, ampliamos también el rango de acciones posibles.
Porque, en muchos casos, lo que limita nuestras acciones no es lo que ocurre, sino la forma en que lo estamos observando.
Y cambiar la forma de observar no solo amplía la comprensión: amplía lo que nos resulta posible hacer.
Referencias:
- Barrett, L. F. (2018). La vida secreta del cerebro. Cómo se construyen las emociones. Paidós.
- Echeverría, R. (2006). Ontología del lenguaje. Santiago de Chile: J.C. Sáez Editor.
- Maturana, H., & Varela, F. (1984). El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria.
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