La tristeza suele ser una de las emociones menos comprendidas: vivimos en una cultura que valora el entusiasmo, la productividad y el optimismo. No es extraño escuchar frases como «anímate», «ya va a pasar» o «no estés triste»; aunque suelen decirse con buena intención, transmiten la idea de que la tristeza es un estado negativo y deberíamos salir de ahí lo antes posible.
Seguir leyendo «La tristeza»Puede aparecer la noche anterior a una entrevista laboral, al esperar los resultados de un examen médico, antes de una presentación importante o cuando atravesamos un periodo de incertidumbre. En ocasiones basta una conversación pendiente, un correo electrónico que no llega o una decisión difícil para que nuestra mente comience a imaginar distintos escenarios sobre lo que podría ocurrir.
Seguir leyendo «La ansiedad»Con frecuencia la asociamos con gritos, discusiones, agresividad o pérdida de control. Decimos que alguien «es muy rabioso», aconsejamos «no te enojes» o pensamos que expresar rabia siempre resulta perjudicial. Sin embargo, sentir rabia no es lo mismo que actuar con violencia.
Seguir leyendo «La rabia»El miedo suele tener mala reputación; lo asociamos con debilidad, inseguridad o falta de valentía. Decimos que alguien «se dejó vencer por el miedo», aconsejamos «no tengas miedo» o admiramos a quienes parecen enfrentarlo sin vacilar. Sin embargo, pocas emociones han sido tan importantes para la supervivencia de nuestra especie como esta.
Seguir leyendo «El miedo»Hay momentos en los que el cuerpo habla antes que las palabras. Basta una mirada, una frase lanzada al descuido o una expectativa incumplida, y algo dentro de nosotros se repliega. Queremos desaparecer, esconder la cara, volvernos invisibles. Es un sentir denso, incómodo, difícil de nombrar… y sin embargo, profundamente humano: la vergüenza.
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