A lo largo de nuestra vida vamos construyendo relatos sobre quiénes somos. Algunos nos ayudan a avanzar, aprender y enfrentar desafíos. Otros, en cambio, se vuelven tan familiares que dejamos de cuestionarlos, incluso cuando la experiencia parece mostrar algo distinto. Con el tiempo, esas historias pueden influir más en nuestra forma de actuar que los propios hechos.

Hay una escena que se repite con sorprendente frecuencia:

  • Una estudiante de último año aprueba una práctica compleja con excelentes evaluaciones, pero atribuye su desempeño a la suerte.
  • Un profesional recibe reconocimiento de su equipo por su capacidad para resolver problemas, pero siente que en cualquier momento descubrirán que no es tan competente como creen.
  • Una persona completa un proyecto desafiante, alcanza metas que meses atrás parecían imposibles y, aun así, continúa enfocándose en aquello que no hizo, en lo que falta o en lo que podría haber hecho mejor.

La evidencia parece apuntar en una dirección… la experiencia subjetiva, en otra.

Pregunta incómoda: ¿por qué seguimos dudando de nosotros mismos cuando existen señales que indican que somos capaces?

La respuesta no es simple ni se relaciona exclusivamente con la autoestima o la autoconfianza. En varios casos, tiene más relación con la manera en que construimos significado sobre nosotros mismos que con nuestras capacidades reales.

No vemos la realidad: vemos nuestra interpretación de la realidad

Desde muy temprano comenzamos a construir explicaciones sobre quiénes somos, qué podemos lograr, cuáles son nuestras fortalezas y cuáles son nuestras limitaciones. Algunas nacen de nuestras experiencias; otras, de conversaciones, evaluaciones, comparaciones o expectativas que encontramos en el camino. Con el tiempo, estas interpretaciones terminan convirtiéndose en historias acerca de quiénes somos.

  • Pensemos por un momento en una situación cotidiana. Dos personas reciben exactamente la misma retroalimentación. Una la interpreta como una oportunidad de aprendizaje; la otra como una confirmación de que no está a la altura. El hecho es el mismo. Lo que cambia es el significado que cada una construye sobre él.

Uno de los grandes aportes de la Biología del Conocimiento, expuesta en la obra de Humberto Maturana y Francisco Varela (1984), ha sido demostrar que las personas no reaccionamos directamente a los estímulos del medio, sino a las interpretaciones que construimos sobre ellos. En la misma línea, Rafael Echeverría (2006) señala desde la ontología del lenguaje: “No sabemos cómo son las cosas, solo sabemos cómo las interpretamos. Vivimos en mundos interpretativos”.

  • Por su parte, Aaron Beck (2012), padre de la terapia cognitiva, señala que nuestras experiencias son filtradas por esquemas mentales, creencias y patrones de pensamiento que influyen en cómo percibimos el mundo y a nosotros mismos.
  • Estos sesgos cognitivos actúan como un embudo: tendemos a considerar los logros como una excepción o una casualidad, mientras que los errores son tomados como la «verdadera» prueba de nuestra incompetencia.

No siempre es la realidad la que genera sufrimiento, a veces es la historia que contamos acerca de esa realidad. Como afirmaba Epicteto (c. 125/2014), «no son las cosas las que nos perturban, sino nuestros juicios sobre las cosas» (p. 25).

Cuando el observador ignora la evidencia

Desde el coaching ontológico se sostiene una premisa clave: no observamos el mundo de manera neutral; observamos desde un determinado observador. Nuestras experiencias previas, emociones y modelos mentales configuran una forma particular de interpretar lo que ocurre.

El problema aparece cuando ese observador interno mantiene conclusiones antiguas acerca de quiénes somos, aun cuando la evidencia actual las contradice. Seguimos describiéndonos con etiquetas que tuvieron sentido en otro momento de nuestra vida, pero que ya no representan la experiencia que estamos viviendo hoy:

  • Una persona puede seguir considerándose insegura después de años liderando proyectos exitosos.
  • Otra puede seguir definiéndose como «mala para hablar en público» tras múltiples presentaciones bien evaluadas.
  • Alguien puede continuar viéndose como inexperto cuando sus resultados muestran exactamente lo contrario.

Aprendemos nuevas habilidades, adquirimos experiencia y enfrentamos desafíos cada vez más complejos. Sin embargo, a veces seguimos describiéndonos con palabras que pertenecen a versiones anteriores de nosotros mismos. Actualizamos nuestras competencias más rápido de lo que actualizamos nuestra identidad.

El síndrome del impostor: cuando el logro no alcanza

Uno de los fenómenos ampliamente estudiados en esta materia es el denominado síndrome del impostor, descrito inicialmente por Pauline Clance y Suzanne Imes (1978).

  • Las personas que experimentan este fenómeno suelen atribuir sus logros a factores externos como la suerte, el esfuerzo excesivo o circunstancias favorables, mientras minimizan sus capacidades personales.

Paradójicamente, el problema no desaparece necesariamente cuando aumentan los éxitos. A veces ocurre lo contrario. Cada nuevo logro genera alivio temporal, pero no modifica la creencia de fondo. Algunas personas siguen sintiendo que debe demostrar nuevamente su valor. Como si toda evidencia favorable tuviera fecha de vencimiento.

Investigaciones posteriores han mostrado que este fenómeno no afecta únicamente a personas inexpertas. También aparece en profesionales altamente competentes, líderes, académicos y personas con trayectorias destacadas.

La capacidad técnica no siempre protege de la duda subjetiva.

El cerebro no es un juez imparcial

La neurocientífica Lisa Feldman Barrett (2018) señala que nuestro cerebro no funciona como una cámara que registra objetivamente el entorno. Más bien opera como un sistema predictivo que utiliza experiencias previas para anticipar e interpretar lo que ocurre.

Si una persona ha construido durante años la creencia de que «no es suficientemente buena», es probable que dedique una enorme cantidad de atención a cualquier error, crítica o señal de insuficiencia, mientras pasa por alto de forma inconsciente las evidencias de su propio crecimiento.

  • No lo hace por gusto, sino porque su sistema predictivo intenta proteger y validar la tesis de la historia preexistente.

La trampa de “la meta imposible”

Existe además una distorsión en la vara de medir. Algunas personas exigen para sí mismas un nivel de evidencia que jamás exigirían a otros. Reconocen fácilmente el talento, el esfuerzo y el crecimiento de colegas, estudiantes o amigos, pero cuando se trata de sí mismas, las reglas cambian:

  • Un logro importante pasa a ser catalogado como «suerte».
  • Una meta alcanzada se vuelve «lo normal».
  • Un reconocimiento se diluye pensando que «lo hicieron por amabilidad».

De esta manera, la confianza se transforma en un objetivo imposible de alcanzar porque las condiciones para otorgarse reconocimiento se modifican constantemente. La línea de meta se mueve una y otra vez.

Aprender a relacionarnos de otra manera con los hechos

La dificultad crítica aparece cuando confundimos una historia con una verdad absoluta. Cuando dejamos de ver nuestras interpretaciones como hipótesis y las experimentamos como descripciones objetivas de lo que somos.

Quizás el desafío no consiste en eliminar completamente la duda sobre nuestras capacidades. La duda cumple funciones importantes: nos ayuda a aprender, cuestionar supuestos y mantenernos abiertos a nuevas posibilidades.

El problema aparece cuando la duda deja de ser una herramienta y se transforma en una identidad. Cuando dejamos de pensar «a veces dudo» y comenzamos a concluir «soy una persona incapaz».

En esos momentos resulta útil detenerse y preguntarse:

  • ¿Qué hechos estoy considerando para sostener este juicio?
  • Qué evidencias objetivas de mi experiencia actual estoy dejando fuera de la ecuación?
  • ¿Qué le diría a otra persona que estuviera viviendo exactamente esta situación?
  • ¿Estoy tomando decisiones en función de los datos y hechos del presente o basados en una historia que me cuento hace años?

Estas preguntas no eliminan mágicamente la inseguridad, pero pueden ayudarnos a construir una relación más equilibrada con nuestra experiencia.

En ocasiones, el problema no es la falta de evidencia, sino que seguimos escuchando una versión de nosotros mismos que hace mucho tiempo dejó de actualizarse.

Para reflexionar

Quizás nunca dejaremos de experimentar momentos de duda. La pregunta relevante no es cómo eliminarla, sino qué espacio y autoridad le otorgamos en nuestro día a día.

Una cosa es escuchar una voz que duda. Y otra muy distinta es convertir esa voz en la única versión posible de quiénes somos.

Tal vez el desafío consista en revisar si las historias que seguimos contándonos aún describen a la persona que somos hoy, o si pertenecen a alguien que ya hemos dejado atrás.


Referencias

  • Beck, A. T. (2012). Terapia cognitiva y trastornos de ansiedad. Desclée De Brouwer.
  • Barrett, L. F. (2018). La vida secreta del cerebro; cómo se construyen las emociones. Paidós.
  • Clance, P. R., & Imes, S. A. (1978). El fenómeno del impostor en mujeres de alto rendimiento: dinámica e intervención terapéutica. Psychotherapy: Theory, Research & Practice, 15(3), 241–247.
  • Echeverría, R. (2006). Ontología del lenguaje. Santiago de Chile: J.C. Sáez Editor.
  • Epicteto. (2014). Manual para la vida (trad. S. Byrne). Editorial Gredos. (Trabajo original publicado ca. 125 d.C.).
  • Maturana, H., & Varela, F. (1984). El árbol del conocimiento: Las bases biológicas del entendimiento humano. Editorial Universitaria.

Descubre más desde

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.